"Para mí, aunque quizás no tenga un objetivo concreto, la literatura y la expresión escrita posee mucho poder. Y si bien no sea un mecanismo para cambiar nada ni a nadie, al menos hace que tengas un mejor día y más llevadera la vida... que aquí en nuestra jodida Lima ya es mucho"

Hernán
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viernes, 21 de marzo de 2008

El ocaso

El cielo venía con nubes desde el este, que parecían escoltar el río, aguas arriba. Ocho aves cruzan el cielo y se van rumbo al Rímac, una de ellas vuela un poco rezagada. Aún está azul el cielo detrás del cerro San Cristóbal. Hay luces que juegan sobre las nubes, pero por el otro lado el cuelo está pintado de un color gris apretado, el ocaso solo es una leve tonalidad naranja sobre ellas, como si el cielo fuera estuviera en brasas. La noche se aproxima con algunas tímidas gotas que caen sobre el asfalto.

Detrás del huerto municipal, baja un grupo de muchachos, buscando problemas en este lado de la falda del cerro. Aquí los están esperando, hay mucha gente para en la esquina y la mayoría son jóvenes que no pasan los quince años. Ellos saben que buscan problemas, y se los van a dar, a pesar de que a muchos de ellos los están llamando sus madres y les gritan para regresen a casa inmediatamente. No lo van a hacer.

La televisión se ha encargado recordarles que siempre hay cuentas pendientes que se pueden cobrar…

* * *

Ella vivía en La Victoria, así que lo que pasó no le sorprendió. Pero sí la preocupó: tiene una sobrina de la misma edad. Tomó un sorbo más mientras miraba por la ventana. Creo que debemos irnos ya. Tongo cantaba en la tele, la gente ríe efusivamente. Deberían grabar un unplugged. Aún no, dijo. Yo me soltaba de piernas. Mucho tiempo hacía de eso. Ella aún lo tenía fresco en la memoria.

Si por mi hermana fuera, esa mocosa acabaría igual. Yo no lo hubiese dejado. Lo sé, M., lo sé. Y le dije que esta no será la última vez que pase, y no será la ultima vez que haya un circo mediático que se encargue de hacerles recordar a todos que la tele y la prensa son las ventanas para que ellos parezcan más peligrosos, agigantados, presentados como los demonios de las zonas suburbanas. A nadie le importa que queden estigmatizados.

En ese lugar alguna vez pasará algo, me decía. Todos los fines de semana están ahí sin control, pasa de todo y los vecinos intranquilos y la policía de brazos cruzados. Un día de estos matarán a alguien. No ve tele, nunca lo hizo, pero ella vive a pocas cuadras de 28 de Julio. Escuchó las ráfagas, entró al cuarto de su sobrina y la abrazó.

* * *

La china Carmen llamaba a sus hijos. Subí al techo y vi al grupo que rodeaba el huerto para entrar a la calle donde los esperaban. Los chicos no se movían de ahí. Uno del grupo sacó un celular y le dijo a otro que el grupo venía con armas. Aquí también las hay. La china Carmene carajeaba, se calzó para ir a llamar a sus hijos.

La última vez que hubo una pelea así hubo un muerto, que fue encontrado horas después. Lo habían acuchillado. Ahora había plomo. ¡Plomo! Se escuchó un grito la china Carmen empezó a correr. Cuando uno es espectador qué puede hacer. Mucho: alguien llamó a la policía, que por suerte llegó, cuando muchas veces “no tienen para la gasolina”. Uno de los muchachos que está llegando es el hijo del primo de uno de los suboficiales de la comisaría.

Lo peor no ha pasado, pero las “cuentas” seguirán sin ser saldadas. El ocaso viene a cubrir el cielo. La lluvia seguirá un momento más.
Foto: La República.

domingo, 16 de marzo de 2008

¡Apágalo!

A Lima le cuentan el cuento y le meten el dedo, mientras ella, sonríe salivosa y oligofrénicamente cuando a las nueve de la noche Magaly Medina hace su entrada triunfal entre estiércol y malolientes llagas.

Ella, reencauchada, sonríe a las cámaras, con las tetas otra vez (contra Newton e inclusive Einstein) en su lugar, el que ya hacía tiempo habían abandonado (el mito del eterno retorno), es decir, todos vuelven; la sonrisa plastificada con celofán y bien cosida a la nuca, para que no pierda el brillo durante la noche

Ahí empieza la función…

Yo no veo fútbol. Mucho menos me interesa quién diantre juega en tal o en cual equipo; lo que sé de César Vallejo es por lo poco que he leído y que murió en París y no se corrió, que hay una universidad y un equipo de fútbol que llevan su nombre en Trujillo (además de una academia en Lima, pero no cuenta) y que la casa de un tío mío queda cerca de la avenida Larco de esa ciudad, a unas pocas cuadras del dichoso campus.



Así que si alguien me venía a hablar de un tal Tenchi Ugaz a mí me iba y me venía, si se había casado con Sara Manrique, bien por él,
si le sacó la vuelta con una tramposa de por allá (Trujillo) a mí me daba igual: "no me va a llevar a la riqueza ni a la pobreza". Pero a Magaly sí. Y a costa de hacerle una lobotomía masiva a toda la población, pobre (en educación) y siempre maltratada.

Son… ¿cuántos cuentan ustedes? ¿Dieciocho?, ¿cuarenta?, ¿ciento ochenta y siete años de depredación cerebral? A las diez de la noche, por avenidas de nombres tan norteños, un Honda deportivo: él. Ella, despampanante y carnosa, esperaba ansiosa el encuentro, y se lo hizo saber con todos los besos que le dibuja en los labios con los suyos, que estaban hechos de fuego. Y desde aquí más paleteo, baba, sangre concentrada en pocos centímetros cúbicos y la jocosa broma de los urracos cuando los valientes guerreros entraron al campo de batalla; yo pienso en el yítulo de una película: "sin lugar para los débiles".

De ahí lo de siempre. Magaly rayó en sintonía: hizo más de veintitrés puntos. Salió Sara y lloró y acusó; salió Tenchi y pidió perdón, creo que también lloró; salió la jugadora de otras canchas (y de otros estadios) y dijo ser
una madre sin remordimientos. Lima perdió trillones de neuronas y sufrió de una deshidratación salivante.

Lo que les cuentos, ojo, no fue porque vi el programa, no. Solamente leí los diarios y algunos
otros blogs que me informaron de que el 'rialiti' show iba a ser llevado por la gran Sarita hasta la denuncia, porque esto había sido una confabulación, un andamiaje para traer abajo su matrimonio. Salud, Sarita. Quizás algunos escritores te crean, o no, ni siquiera hace falta creerte, simplemente hace falta algo de imaginación para hacer de tu historia una especie de Atonement chicha. Total, dicen que los escritores hurgan por cualquier lado.

No queda, señores, otro remedio que apagar la tele, desaletargar esa cosa que en la cabeza les pesa (entiéndase cerebro, no cuernos) y ponerse a leer al menos los diarios on-line. Lo que sea, pero apaga la tele. Ay, Lima, qué triste se ve tu encefalograma.

viernes, 14 de marzo de 2008

... en los taxis

No soporté más y me tuve que enfermar un poco de Collective Soul para sentirme algo mejor. A veces Lima no ofrece siquiera sonidos violentos, a veces ofrece nada, una procesión lenta de autos que van como si arrastraran los pies hacia el patíbulo de cada día. Así que decidí en chufarme otra vez y convertirme en

Reo Libre Plugged

para no dejar que cayera me anulara por completo, y para darle algo de mantenimiento a mis oídos, llenos de música de combi limeña.

All your weight it falls on me, it brings me down.

Así es la salida, de ahora y de siempre de San Juan de Lurigancho. Una salida que con ciertos matices de velocidad, dependiendo de la hora, siempre es una letanía de gases, caucho y calor, que no termina sino en Acho, muchos minutos después.

Los taxis, por eso, siempre quieren salir de ahí, pero no quisieran volver a entrar. No desean volver al infierno aun estando en el centro. Para ellos es mejor ir para cualquier otro lado, pero menos meterse a ese embudo sin salida. No ha sido una ni dos sino muchas veces que un taxista, en el Plaza Mayor, en la San Martín, en la San Miguel, en San Isidro, en donde michigan sea, cuando sonriente preguntaba si me podía dejar en Caja de Agua, antes de que yo terminara de pronunciar la palabra ‘agua’, el taxista ya había salido espantado, no sé si pensando en su integridad (creyendo que ahí lo iban a hacer carnitas) o en todo el combustible que tendría que quemar entrando hacia la cloaca. O quizás ambas cosas.

–Pero Christian, no seas sonso: por qué no dices mejor que vas a Zárate.
–Es la misma vaina, varón, igual no quieren entrar.

Ahora, cada vez que tomo un taxi para mi casa, primero respiro hondo y le empiezo a contar un lindo cuento al tachero [taxi : tacho :: taxista : tachero (N. del E.)]. Solo así luego de sutiles promesas de no llevarlo más allá de lo evidente, de que él no morirá en el camino y un montón de cosas más atracan llevarme a mi casa por un monto más o menos (ir)razonable. Sacrificios que se tienen que hacer.

Justificado o no el rechazo, los taxistas, los pocos que vienen, tienen mi gratitud, pues me han salvado de muy buenas. Sobre todo en la última donde me quedé dormido casi en el último paradero de la avenida Wiesse, y no tenía un solo cobre en el bolsillo. Menos mal que en casa me podían prestar, y pude tomar un taxi que me llevó hasta allá. Grande, tío.

Las veces que tengo que tomar taxi al trabajo, en la mañana, es también un jolgorio insufrible. Mi casa está ubicado justo en la salida de toda la cloaca, es por eso que todos los carros (buses) pasan llenos y casi todos los taxis también. Sin embargo, siempre hay oportunidad para disfrutar de alguna canción hermosa como Ten Years Later o After All, mientras el sol de marzo se oculta entre las frescas nubes y el smog me da de lleno en la cara.

domingo, 9 de marzo de 2008

1923

Compré, hace ya casi un año un celular en Córdoba, Argentina. Antes, ese celular era Personal (la empresa que me daba la línea, todavía conservo mi chip). Ahora, luego de una gran estafa de más de cien soles, el celular es Movistar. Me acompaña hasta ahora, lo tengo aquí al lado; está cargando.

Pero cuando necesité que tuviera algo de batería para tomar una foto muy interesante no la tuve y la foto la perdí. Pero la imagen aún la conservo muy clara: Era una 5C, de esas que van por Tacna, Wilson, Arequipa, Larco, Benavides, etc., etc. Sobre el chofer no había nada, sobre el retrovisor, una cuadrito de Falabella con motivos navideños (era un dulce en forma de bastón, ya clásico), sobre el asiento del copiloto, el cartelito de panaflex con luz que decía Villa María del Triunfo-San Juan de Lurigancho, ruta EM-02. Y entre este cartel y el espejo retrovisor, la foto de un antiguo gendarme de la Guardia Republicana.


Como tuve oportunidad de sentarme en ese asiento me ganó la tentación de preguntar. El chofer de coaster limeña es una rata, por lo general no tienen mucha educación, y este no me quiso responder a la simple pregunta de si conocía a la persona que estaba en la foto. Pero al final dijo dijo que la foto era de 1923.


Su mirada era la misma mirada de aquel que nos veía a través de los 85 años que nos separan.


"Su nombre es Alejandro, por eso el carro se llama también así. Fue de la Guardia Republicana hasta que tuvo que irse para Iquitos meses antes de que Sánchez Cerro anunciara que enviaría tropas hacia Colombia. Al Presidente lo mataron, pero el abuelo se quedó en Iquitos unos días. Ahí fue donde conoció a la abuela y donde empezó todo.


Ella era menor de edad, y él prometió volver, y volvió unoas semanas después y con una propuesta de matrimonio. Los padres de ella esperarían a que ella tuviera mayoría de edad y así él pudiera casarse con ella".


Llegábamos a jirón Quilca y tuve que bajarme. Tenía que seguir mi ruta hacia la chamba. Pensé que esta sería una historia interesante que contar. No siempre uno consigue un chofer que se dé el tiempo de contar la vida de un abuelo que se fue, y casi nunca uno tiene una cámara cuando la necesita.

lunes, 3 de marzo de 2008

El lío de mi entrada preferencial I


Soy muy desordenado. Y el último desajuste que mi desorden me enyucó fue, luego de que me hiciera un mundo con la falsa noticia de que no habría concierto de Collecitve Soul, que me olvidara, por la sorpresa, mi entrada en un libro de Basadre que salió en uan edición económica en el diario El Trome (Peruanos imprescindibles, Nº 4) en el escritorio de mi cuarto, en mi casa, que, por cierto, queda muy lejos de la ruta que había pensado para ir hacia Ate (Tingo María, La Marina, Javier Prado...).


No había alternativa: tenía que volver a casa. Ejecutar esa decisión, en Lima, a las siete de la noche, atravezando el centro de la ciudad, es una locura. pero lo tuve que hacer. Caballero nomás: taxi a mi casa. En la travesía, como no podía ser de otra forma, dejé un pedazo de hígado como ofrenda a mi salud roída por la renegada gratuita que me gané. Lima es un espectáculo caótico, a cualquier hora del día, pero mucho más cuando estás en un taxi atorado en la procesión eterna de la entrada que entra (y sale) de Chacarilla de Otero en San Juan de Lurigancho. No me tranquilizaba ni escuchar After all de Collective Soul. La tensión para llegar, alistarme, buscar el boleto y salir a atravesar la otra mitad de Lima es demasiado para mí. No mencionemos el problema que siempre padezco: les aterra venir a Caja de Agua. A veces no los culpo.


Desde Zárate tuve que tomar otro taxi hasta el Jockey Plaza. Quince lucas. Caballero. Puente Nuevo también estaba lleno de agujeros porque estaba reparando el pavimento.


–Es por lo del APEC –me dijo el taxista– Se apuran en cosntruir las pistas para que las potencias del mundo, cuando vengan, vean que sí han invertido el dinero que donaron.


Yo solo dije...


–¡Ah ya! ¡Qué bonito!

jueves, 28 de febrero de 2008

Sonidos del más allá


Eran las diez de la noche y regresaba a la antigua casa de mi abuela en Breña después de haber pasado horas escuchando a un profesor en San Marcos que, a modo de martilleo incesante, nos repetía: la democracia es dialécticamente igual a la dictadura. Los nacionalismos inspiran esos arrebatos vengativos fortalecidos por aquella venenosa letra de la historia sujeta a fines totalmente personalistas. Yo lo escuchaba con cierta resignación académica y, por qué no decirlo, con la manía compulsiva de mirar el reloj cada diez segundos y pensar: a qué hora se calla este señor. Estoy de acuerdo, no creo en la democracia y menos en la dictadura, pero la voz del señor era insoportable.



El arma del proletariado es el conocimiento científico del marxismo-leninismo-maoísmo, lo demás es pura mierda capitalista. Su discurso me sonaba bastante conocido, como si en otras épocas, tal vez cuando era un primate y vivía mucho más civilizadamente, me hubiera topado con tremenda afirmación dictada fervientemente por otro sujeto como aquel profesor de mirada extraviada y a la vez iluminada en el salón amplio y verde de la Facultad de Derecho y Ciencia Política. Aquel sonido que formaban sus palabras juntas me daba la idea de estar escuchando a un espectro venido del sótano de la historia. Hubo un momento que, y sin proponérmelo, me quedé colgado mirando la ventana.


Afuera había una hermosa chica de cabellos crespos con una figura de éxtasis comprando, al parecer, unas separatas. La voz del profesor iba apagándose de a pocos por efecto de mi concentración tan morbosamente intensificada que iba escurriéndose entre aquellas curvas del delirio para terminar en sus delicadas manos que recibían las dichosas y anhelantes separatas. Su caminada era sensacional. Tenía ese andar típico de las pequeñas diosas en el Jardín de Eros cogiendo algún fruto para enamorar a cualquiera. Quién será esta chica, no debe ser de aquí, pensaba. Cuando en eso la voz del profesor se levantó como enardecida por algún afán de querer subrayar algo importante y, cuando miré su barbada y alucinada cara, me di cuenta que su dedo inquisidor me señalaba y dijo: a ver señor, haga un resumen de lo que he dicho en clase. Entonces cogí mis cosas, me levanté y respondí: pura mierda señor.


Me fui dejando un mar de risas que desembocaron en un qué cague de risa ese compare. Salí en busca de la pequeña diosa. No logré encontrarla en ninguna parte. Al parecer, y es casi noventa por ciento probable, no era de mi facultad por dos razones que saltan inmediatamente a la vista: era muy hermosa y porque en mi facultad no existen esos prototipos. En realidad es por una sola razón, pero quise plantear que eran dos para dejar bien en claro que en mi facultad la belleza no es precisamente lo que más pulula. Fui al kiosco de la innombrable y eterna señora de sonrisa amable. Digo innombrable porque nunca supe cual era su nombre. Compré un cigarrillo y un café bien negro. En aquellas épocas tenía la infame costumbre de fumar y beber café con cierta aspiración suicida.


Caminé por la rampa, di la vuelta en U y me encuentro con la pequeña diosa que iba subiendo la rampa. Me quedé observándola sin darme cuenta que el cigarrillo estaba casi totalmente hundido en mi café. La dulzura de su rostro me dejó helado, casi sin respiración, impregnado en su existencia de ángel que andaba impunemente dejando ese aroma encantado que desarrollaba el inevitable efecto de soñar, de fantasear, de querer arrebatarle un beso siquiera y luego morir de ser preciso. La seguí unos pasos con cautela para que no se de cuenta de mi enfermizo anhelo de solitario imposible. Hasta que entró a uno de los salones y cerro la puerta. Me quedé esperando hasta que termine su clase. Me senté en la banquita de madera que se encontraba justo al frente de su encantado salón y seguí leyendo mi novela. Recuerdo que estaba leyendo en ese entonces El amor en los tiempos del cólera, del increíble Gabo, sin saber que años más tarde la iba a ver en el cine y darme con la sorpresa que, aunque el film estuvo bueno, ya la hermosa novela de amor escrita por un convencido socialista terminaría siendo parte del repertorio Hollywodense. Devoraba las páginas con locura. Quiero aprender a tocar el violín, me dije.


Entonces la puerta del salón se abrió. Empezaron a salir los estudiantes, uno tras otro, uno tras otro, pero no salía la pequeña diosa. Hasta que el salón se quedó vacío y ni rastros de ella. Entonces vi mi reloj y ya eran cerca de las diez de la noche. Algo andaba mal sin duda. Mientras caminaba al paradero pensaba en las N posibilidades que me llevaron a ese rotundo fracaso. Tomé la combi con mi mano bien abierta y el cobrador me dijo: ya sube nomás chino, pero anda al fondo. La combi era una discoteca móvil. Las luces parpadeantes y de colores, el regetón a todo volumen y la apariencia del cobrador daban como resultado nuestra jodida ciudad. Baja Chávez… chaes baan tsss, pié derecho chino tsss, vaos tsss...


La discoteca móvil siguió su rumbo. Caminé la interminable calle fantasmal de Chávez mirando a todos lados, no por el miedo de que me robaran, sino con el anhelo de ver a alguien y no seguir sintiendo esa impresión de que alguien invisible me seguía los pasos muy de cerca justo detrás mió. Al fin llegué a la casa de mi abuela. Yo pasaba las noches solitario en dicha casa fantasmagórica de techo alto que, en alguna ocasión, se habían sentido gritos y pasos por el corredor que, no precisamente, habían sido sonidos reales, sino del más allá.


Me dispuse a ver un poco de televisión mientras cenaba lo que restaba en la olla. Pasaba de canal en canal sin decidirme que específicamente quería ver. Apagué la televisión apenas me vinieron las primeras cabeceadas fruto de la fatigada jornada que tuve aquella vez. No me acostumbraba a dormir con las luces apagadas ya que, aunque suene algo vergonzoso, le tenía miedo a la oscuridad, pero ojo, a la oscuridad de esa casa solamente. Así que fui a la cama. Hacía mucho frío, recuerdo. Ese agosto fue el más friolento de toda mi vida. Antes de quedarme completamente dormido, recuerdo, que pensaba en el rostro de aquella chica enigmática que vi en la facultad. Hasta que sonó el teléfono. ¿Quién podría ser si eran las tres de la mañana? Me levanté para contestar, pero el teléfono dejó de sonar. Cuando de pronto, por el pasadizo, el sonido de unos pasos llegando al umbral de la puerta que daba para el cuarto donde yo estaba se escuchaban cada vez más cerca. No sabía que hacer, me encontraba como preso en la cárcel imaginada por la presencia de aquel espectro que ya casi llegaba a la puerta. Yo grité un par de lisuras, y, al instante, aquellos pasos se detuvieron. No sabía si estaban cerca o si se habían desaparecido, o si todo ello era fruto de mi imaginación. Pero unos golpes fuertes en el techo me volvieron a esa inexplicable dimensión de los fantasmas a la hora de las brujas. Salí corriendo por el pasadizo sin importarme si veía algo extraño. Llegué a la puerta principal de la casa: puta madre, esta cerrada con llave. Me metí a la sala, cerré la puerta de madera apolillada, pero los golpes y los pasos seguían persistentes en su percusión de tormento. Pasaron casi dos horas, y los golpes y los pasos seguían allí, justo detrás de la puerta de madera apolillada.


Nunca había anhelado tanto la llegada de la mañana y su canto de gallo somnoliento, el sonido virgen de las aves matinales en aquellos árboles solitarios erigidos la misma cantidad de años que la cantidad de recuerdos escritos en su corazón sereno, pero la noche seguía persistente en la extensión de mis mayores miedos en aquella casa inmemorial de la abuela. Todo parecía estático, el reloj avanzaba lentamente como burlándose de mi temor y los murciélagos volaban por el techo gritando desesperadamente. Para esto yo había prendido la luz, el televisor, la radio, absolutamente todo aquello que emita algún tipo de sonido, porque hasta el fluorescente impartía un sonido de zancudo interminable. Sin darme cuenta me quedé dormido en la mesa. Cuando desperté tuve que apagar todo lo que había dejado prendido. Eran las siete de la mañana y las aves matinales le cantaban al alba legañosa de nuestro cielo limeño. Un día más de agosto, un día más de frío y soledad. Tenía clases en la universidad a las ocho de la mañana, así que salí cueteado.


Aun somnoliento, con las ideas borrosas por la mala noche y con el cuerpo al ritmo aún de mis temores, tenía ganas de ir a escuchar aquella clase. Cuando entré a la clase me di con la sorpresa que, justo delante, en una de las primeras carpetas, se encontraba la pequeña diosa observando al profesor con la ávida mirada de querer aprender todo el conocimiento existente en el mundo, a diferencia de mí que todo lo que quería en el mundo era el nombre de ese ser encantador. Me senté a dos carpetas de ella, y empezaba a mirarla: ojos negros, cabellos crespos, expresión dulce, delgada, sí, era ella, definitivamente. Cuando terminó la clase me dispuse a preguntarle su nombre, qué tal le había parecido la clase, qué opinaba de la democracia representativa, qué le parecía la tesis weberianas en cuanto a la organización pública, qué haría más tarde, si le gustaba el cine, etc. Entonces me acerqué convencido, con las palabras precisas en la mente y las manos controladas para que no se me note el nerviosismo. Cuando estuve muy cerca de ella, ella me dijo: yo te conozco. Cómo dices, le respondí. Perdí la concentración, las palabras memorizadas se me olvidaron de repente y mis manos empezaron a temblar. Ella me seguía hablando: sí, tú eres el chico del 248, te vi una vez cuando expusiste en la clase de Ñique. Yo me quedé perplejo, ya que nunca había llevado un curso con Ñique, pero le respondí: también llevas con Ñique, que tal si tomamos un café. Ella aceptó, y me olvidé de los fantasmas. Luego, como era obvio, se dio cuenta que no era yo aquel muchacho de la brillante exposición en la clase de Ñique, pero le gustó más mi apariencia a desinterés. Además, como le dije, en una clase con Ñique, cualquier improvisado aprendiz de los manuales es brillante. Yo, aquel día, la pasé muy bien con la pequeña diosa y le conté mi historia con los fantasmas. Ella, por cierto, se enamoró de mí.

domingo, 24 de febrero de 2008

Gangs of Water Box


No soy de Lima, y quizás sea uno de esos provincianos nostálgicos que creen que todo tiempo pasado fue mejor y que las costumbres de su pequeño pueblo eran mucho más sanas que las que uno presencia en la ciudad capital, al menos en el populoso distrito (que quiere ser provincia) de San Juan de Lurigancho y en su escape obligatorio: El Rímac. Puede que sea una visión miope de las cosas. Más o menos así: "Recuerdo que cuando yo era niño los carnavales eran solamente tirarse agua salvajemente desde las ventanas o las azoteas o ir por ahí con las manos embarradas de betún, pintura, talco y manchar a las chicas que pasaban, y de yapa que te ganabas alguito. ¡Oh, qué bellas épocas!".

Febrero es uno de los meses más calurosos del año. Más aún en una ciudad hacinada y mal gastada como Lima. Salir los domingos para cualquiera que no comparta el carnaval es un suplicio, así que era mejor quedarse en casa trabajando. Y aquí en Caja de Agua, lo he visto pasar ya durante tres semanas seguidas los muchachos del barrio creen que jugar los carnavales es formar dos bandos (a lo Pandillas de Nueva York), quitarse los polos, y atacar al otro grupo contrario, tan desnudo, pintarrajeado, sucio y salvaje como el otro, en plena vía pública y frente a mi casa.

La pregunta es ¿por qué? Ahora trabajaba tranquilo, pensando que ya con que las veces pasadas haya pasado la policía espantando a la muchachada había bastado para al menor simular que se vive en un barrio calmado, y de pronto, el primer alarido, la corrida en tropel y la conchasumadreada generosa... ¡Canta, oh pélida, la cólera del piraña enardecido! Empezaron a atacarse, bajando desde la zona alta de la urbanización hasta la altura de mi casa, que es la salida de toda la cloaca, desnudos, embarrados, etc., etc., con los polos enrollados, hechos nudo en un extremo humedecido (supongo que con agua) o untado de pintura o talco (o cal, ya ni sé), con el que golpeaban, griegos a troyanos, kantianos a hegelianos, vargasllosianos contra garcimarquecinos... estos muchachos se toman las peleas doctrinarias muy en serio.

Un mendigo loco en la calle, inmovilizado por la pelea épica simulaba quizás ser un Homero degenerado. Y pasó la polícía, y huyeron, y volvieron y siguieron. hasta que los que se ubicaban en la parte más pegada a la avenida Próceres de la Independencia cojieron a uno que arrastraron unos metros mientra un station wagon casi los atropella a todos. Más tarde un mototaxi arrolló a uno de ellos. Lo más sorprendente es la actitud de los vecinos, que, quizás acostumbrados a este tipo de espectáculo, o quizás creyendo que es una manifestación cultural de la subcultura Caja de Agua, solo miraban, incluso desde sus ventanas, me incluyo. Solo una madre, que reconocío a su hijo en medio del jolgorio, empezó a carajearlos como se debe.

–¡Christian, no tomes fotos! ¡No te metas!

En el fondo, la preocupación de mi familia es (en esta parte del globo) tristemente racional: si no te metes con ellos, ellos no se meten contigo, es decir, podrás seguir llegando tarde a casa sin que te asalten, podrás dormir con la ventana abierta sin que te salten las lunas rotas al rostro, podrás traer a tu flaca sin que la espanten.

Esa es la sociedad que nos rodea, en la parte más populosa de Lima. Hace unos días vi un reportaje en la televisión donde se mencionó que la policía incluso había empezado a detener personas que jugaban salvajemetne el carnaval y que molestan a los transeúntes. La mayoría de las imágenes no eran precisamente de SJL, sino más bien del Rímac, ruta obligada de todos los que vivimos aquí y tenemos que salir a trabajar por ahí. No hablemos del pésimo estado de las pistas de ese distrito, solo del gran peligro que significa estar en un bus, en una combi, a pie o como sea al mediodía, en el cruce de las avenida Prolongación Tacna y Francisco Pizarro.

Regreso a mi nostalgia provinciana (con el respeto de un tal Cachuca, artista caldodegallinecero) cuadno recuerdo esa parte del reportaje donde se mencionaba la sana forma de cómo se celebra el carnaval en Lurín, entonces pienso que tan equivocado no estoy. ¿Por qué permitimos estas cosas? Sin mencionar que gastar así el agua me parece incorrecto, se demuestra con esto que nuestor nivel cultural ha dado una peligrosa curva descendiente que nos ubica muy cerca al primitivismo. Si hay una manera de salvar la ciudad, es salvándola de este tipo de espectáculos. ¿O solo esto pasa en Caja de Agua? No: el salvajismo se convirtió en sinónimo de carnaval, la matachola nos condena. Y mi nostalgia me engaña: los desmanes han sido parte del carnaval siempre.

Voz en off (lo tomo de la página de la Munipalidad Metropolitana de Lima): "En la década de 1920 bajo un discurso modernizador se renovaron las fiestas de los carnavales. Se había criticado constantemente a esta fiesta por sus 'celebraciones violentas que atentaban contra las buenas costumbres' incluso se mencionaba que el Carnaval de Lima se encontraba en una etapa de 'decadencia'. En 1923 la Municipalidad de Lima reorganizó el Carnaval, durante tres días se realizaron corsos multicolores, bailes y retretas. Se reprimió el juego con agua siendo reemplazado por las serpentinas y chisguetes, en fin, Lima se convertía en una fiesta general. El Municipio encargó la filmación de la película del antes y el después de la fiesta a una compañía norteamericana..."

En fin, mientras seguiré siendo un neoyorquino más de las Cinco Esquinas.


Cuando las hordas se van, la calma vuelve

Fuente de la foto en sepia: Biblioteca de la Munipalidad de Lima

No vamos a ver Rambo

En un taxi S., E. y yo, además del taxista de camisa hawaiana, claro, nos dirigíamos hacia el aeropuerto. Para ir, tuvimos que ir por Bertello y Tingo María, para no toparnos con la bombardeada avenida Venezuela, ni con la destrozada avenida Colonial. A la mitad de la ruta nos dijimos que la persona a la que buscábamos allá en el aeropuerto (que queda en la av. Faucett, muchas obras después de donde estábamos) era muy probable que no estuviera. Nos fuimos mejor al cine.

–Ah, van a ver Rambo –dijo entusiasmado el taxista.

Nos reímos, antes de renegar por el bache que nos aplastó las espaldas, la frenada para evitar la coaster que nos enviaría a la otra y la puteada gratuita a la mitad de la avenida. Los agujeros están por todos lados, las obras de Castañeda también. Tomemos nota: Plaza Grau, Paseo de los Héroes, av. Próceres de la Independencia en SJL, Habich, Venezuela, Colonial, Paseo Colón, solo menciono con las que siempre me topo.

–No, señor, no vamos a ver Rambo.
–Espero que lleguemos a ver No country for old men.
–¿Esa es con Rambo también?

Bache, taxista puteando, y acordándose de Castañeda.

No está nada mal que nuestra ciudad mejore, pero, que esas mejoras nos molesten... he ahí un contrasentido. Sin el menor atino cierran avenida, no planifican bien las rutas alternas, mueven congestionamientos de un lugar a otro. Nos matan lentamente, en mi caso, creo, de cirrosis.

Ahora se anuncia que se iniciará la recuperación de la José Granda, desde el tramo entre Begonias y Universitaria. Pobre gente, no creo que vaya al Coño Norte en un buen tiempo. Qué pena. Castañeda, deja de matarnos.

Versión de Reo Libre

Cuando hable con Hernán para hacer este blog se lo comenté a él justamente porque está tan jodido de la tutuma como yo. Además es el único al que encuentro en el Messenger a estas horas con la suficiente cantidad de neuronas prendidas. Así nació el Claroscuro limeño, entre corridas de pirañas en Caja de Agua, cantos de gallo en la cuadra 16 de Las Flores y trabajos nocturnos en la computadora.

Es un espacio en el cual podríamos expresarnos de una forma en la que quizás no pueda hacerlo en el otro blog, pues el otro es más pustulante, ahí vuelco todo lo que me hace añicos el corazón. Aquí pretendo por el contrario parecer inteligente, contagiar a alguien de alguna lepra mental para que se pique, comente, nos mente a la madre, y luego tomarnos unas chelas de ser preciso.

Sí, puedo parecer inteligente, mucho más si no duermo más de 30 horas seguidas. Nuestor propósito es quemarnos el hígado y el cerebro, "croniquear" Lima, llenarla de estampitas como álbum de Kiko, hacerla un poco más personal.

Lo intentaré en fa menor sostenido