"Para mí, aunque quizás no tenga un objetivo concreto, la literatura y la expresión escrita posee mucho poder. Y si bien no sea un mecanismo para cambiar nada ni a nadie, al menos hace que tengas un mejor día y más llevadera la vida... que aquí en nuestra jodida Lima ya es mucho"

Hernán

martes, 11 de marzo de 2008

Hecha de tinta

Una hebra de sol
Penetra oblicua por mi ventana
Ilumina un pedazo de espera
Y el insecto nuevamente levanta
Su menuda alita de seda

Sobre la mesa
El vacío cuenta hasta cien
El eco ladra por los pasillos
Una melancólica sinfonía
Del atardecer

Yaciente en las sienes de tu imagen
Ahora en mi bolsillo
Ahora entre mis dedos
Cómplice eres de mi desvelo
Junto a tu cabellera de sueño
Hecha de hoja sin tiempo

Tu rostro es una tinta
de color indecifrable
Y tu mirada el huerto
De Alejandra
Aquel día del silencio
Del beso
Y de la lágrima de mercurio
Recorriendo la cinta de cielo
Sosteniendo
Tu cabellera de sueño.

domingo, 9 de marzo de 2008

El Claroscuro limeño en Mundoblog


Perú 21 sacó una pequeña reseña el día de ayer sobre esta página. Bueno, debemos decir que nos encanta panudearnos de eso, así que por eso lo colgamos, para tirarnos más pana aún.


Esta es la reseña:

Mundo blog
Claroscuro limeño


http://claroscurodelima.blogspot.com/Una
curiosa visión de Lima es la que nos ofrecen Christian Ávalos y Hernán Herbozo,
dos neófitos blogueros que, mediante la crónica, el cuento y la poesía, intentan
darle algún sentido a la que todavía consideran su ciudad. Por más que en ella
solo vean pandillas, fantasmas y madres asesinas, Ávalos y Herbozo no pueden
evitar sentirse parte de 'La tres veces coronada villa'. ¿Coronada? ¿Por
quién?




Este es el link:

http://www.peru21.com/p21impreso/Html/2008-03-08/imp2ciudad0863245.html

1923

Compré, hace ya casi un año un celular en Córdoba, Argentina. Antes, ese celular era Personal (la empresa que me daba la línea, todavía conservo mi chip). Ahora, luego de una gran estafa de más de cien soles, el celular es Movistar. Me acompaña hasta ahora, lo tengo aquí al lado; está cargando.

Pero cuando necesité que tuviera algo de batería para tomar una foto muy interesante no la tuve y la foto la perdí. Pero la imagen aún la conservo muy clara: Era una 5C, de esas que van por Tacna, Wilson, Arequipa, Larco, Benavides, etc., etc. Sobre el chofer no había nada, sobre el retrovisor, una cuadrito de Falabella con motivos navideños (era un dulce en forma de bastón, ya clásico), sobre el asiento del copiloto, el cartelito de panaflex con luz que decía Villa María del Triunfo-San Juan de Lurigancho, ruta EM-02. Y entre este cartel y el espejo retrovisor, la foto de un antiguo gendarme de la Guardia Republicana.


Como tuve oportunidad de sentarme en ese asiento me ganó la tentación de preguntar. El chofer de coaster limeña es una rata, por lo general no tienen mucha educación, y este no me quiso responder a la simple pregunta de si conocía a la persona que estaba en la foto. Pero al final dijo dijo que la foto era de 1923.


Su mirada era la misma mirada de aquel que nos veía a través de los 85 años que nos separan.


"Su nombre es Alejandro, por eso el carro se llama también así. Fue de la Guardia Republicana hasta que tuvo que irse para Iquitos meses antes de que Sánchez Cerro anunciara que enviaría tropas hacia Colombia. Al Presidente lo mataron, pero el abuelo se quedó en Iquitos unos días. Ahí fue donde conoció a la abuela y donde empezó todo.


Ella era menor de edad, y él prometió volver, y volvió unoas semanas después y con una propuesta de matrimonio. Los padres de ella esperarían a que ella tuviera mayoría de edad y así él pudiera casarse con ella".


Llegábamos a jirón Quilca y tuve que bajarme. Tenía que seguir mi ruta hacia la chamba. Pensé que esta sería una historia interesante que contar. No siempre uno consigue un chofer que se dé el tiempo de contar la vida de un abuelo que se fue, y casi nunca uno tiene una cámara cuando la necesita.

martes, 4 de marzo de 2008

Madre asesina a novia de su hijo por bailar perreo

La noche del veintitrés de abril, en completo estado de ebriedad, una joven de apenas quince años de edad asesinó a su novio por haberla dejado embarazada el día que bailaron perreo en la discoteca Pirañus. La madre del occiso quiso hacer justicia con sus propias manos, así que, la misma noche, apenas enterada de la muerte de su primogénito, cogió las tijeras que usaba para cortar los cupones del periódico y fue en busca de la joven asesina. La joven, al darse cuenta que a lo lejos se avecinaba la señora vengativa, intentó escaparse de su casa por la ventana posterior. Al caer a la calle se encontró cara a cara con la enloquecida madre que, sin vacilación, le clavó las tijeras en el cuello mientras le repetía: a mí hijo no le gustaba el perreo. Apenas concluida la carnicería, descuartizó el cuerpo de la joven asesina y la metió en varias bolsas amarillas del Metro.
La mañana llegaba y las bolsas aún seguían afuera de la casa de la joven. Es así como los primeros rayos del sol alumbraron de lleno la imagen de la madre asesina totalmente manchada de sangre. Las bolsas del Metro empezaron a ser cubiertas por moscas gigantes y verdes, y un olor a podredumbre iba girando en el ambiente. La policía cuando vio dicha escena no supo que hacer, y el Teniente se puso a vomitar. Qué carajo, qué mierda, repetía incansable el teniente.

Después de las respectivas pericias de los detectives, llegaron a la conclusión de que la madre, cuando era niña, fue mordida por un perro en la pierna, es por eso que nunca aprobó que su hijo, el mototaxista de apenas veinte años de edad, bailara el perreo de miedo a que le muerdan esta vez el culo. Después de aquellas conclusiones ya todo estaba dicho: hay que meter presa a la madre por no haberle dejado libertad a su hijo. En cuanto a la joven asesina, evidentemente imposibilitada de dar algún tipo de declaración, fue llevada al basural más cercano porque ya estaba oliendo a mierda, según palabras del Teniente.

Un señor de tez cobriza identificó a la señora rápidamente al verla en la comisaría, y le gritó: sabía que andabas en malos pasos, vieja puta. La señora, consternada aún por los hechos sangrientos de la noche anterior sólo repetía sin cesar: mi hijo, mi hijo…
El Policía, no obstante las investigaciones dadas, pensaba, rascándose el mentón, en la remota posibilidad de que la joven víctima haya sido la asesina del hijo de la señora consternada. En ese caso, seguía pensando, la castigada debería ser la joven y no la madre, o tal vez ambas, o tal vez el hijo, o tal vez nadie. Breves segundo después de darse cuenta de lo complejo que era el asunto, salió a verle las piernas a una muchacha que pasaba en minifalda por la angosta calle de la comisaría.
En ese momento, el teniente prendió un cigarrillo, el secretario escribía con dos dedos la palabra o-k-s-i-z-o, el policía se pasaba la lengua por los labios mientras seguía mirando las mismas piernas mencionadas, el perro hacía cola para entrar al baño, el golosinero asesoraba a un señor sobre cómo hacer una denuncia, el choro miraba televisión mientras apuntaban su nombre, Perú perdía uno a cero frente a Chile en las eliminatorias para el mundial Afganistán 2024, Maestri la para de pechito, Pizarro se la pasa al Chorri, el Chorri patea y gol, GOOOOOOLLLLL¡¡¡¡¡ Uno a uno el partido y el choro le da un beso al Policía, el Policía abraza a su compadre el Teniente, el Teniente que golpea el hombro a su hermano el Capitán, el Capitán que deja libre a la señora ya que no festejaba con los muchachos el empate de Perú.

La madre del joven asesinado y asesina de la asesina que asesinó al joven asesinado, regreso a su casa y se asesinó. Asesinados todos, ya dejo de seguir escribiendo estupideces y tú dejas de perder el tiempo. Gracias totales.

lunes, 3 de marzo de 2008

El lío de mi entrada preferencial I


Soy muy desordenado. Y el último desajuste que mi desorden me enyucó fue, luego de que me hiciera un mundo con la falsa noticia de que no habría concierto de Collecitve Soul, que me olvidara, por la sorpresa, mi entrada en un libro de Basadre que salió en uan edición económica en el diario El Trome (Peruanos imprescindibles, Nº 4) en el escritorio de mi cuarto, en mi casa, que, por cierto, queda muy lejos de la ruta que había pensado para ir hacia Ate (Tingo María, La Marina, Javier Prado...).


No había alternativa: tenía que volver a casa. Ejecutar esa decisión, en Lima, a las siete de la noche, atravezando el centro de la ciudad, es una locura. pero lo tuve que hacer. Caballero nomás: taxi a mi casa. En la travesía, como no podía ser de otra forma, dejé un pedazo de hígado como ofrenda a mi salud roída por la renegada gratuita que me gané. Lima es un espectáculo caótico, a cualquier hora del día, pero mucho más cuando estás en un taxi atorado en la procesión eterna de la entrada que entra (y sale) de Chacarilla de Otero en San Juan de Lurigancho. No me tranquilizaba ni escuchar After all de Collective Soul. La tensión para llegar, alistarme, buscar el boleto y salir a atravesar la otra mitad de Lima es demasiado para mí. No mencionemos el problema que siempre padezco: les aterra venir a Caja de Agua. A veces no los culpo.


Desde Zárate tuve que tomar otro taxi hasta el Jockey Plaza. Quince lucas. Caballero. Puente Nuevo también estaba lleno de agujeros porque estaba reparando el pavimento.


–Es por lo del APEC –me dijo el taxista– Se apuran en cosntruir las pistas para que las potencias del mundo, cuando vengan, vean que sí han invertido el dinero que donaron.


Yo solo dije...


–¡Ah ya! ¡Qué bonito!

Gritaría

Gritaría
si tuviera una garganta
que no manche de sangre
y golpearía como si fuera un martillo
de no ser que me oxido
como una hoja que va cayendo
sobre un estanque maloliente
que pudre y pudre
basura, ratas, caucho
río, pelícano y gaviota
extraviado y humilde
iría como un peatón más
dibujando un camino
mientras borro mis huellas con lluvia.

golpearía de ser necesario
mientras grito, pues es necesario
asfixiar de lodo el pecho dolido
que vomita cieno sobre barro
concreto armado, cemento, cal...
paredes blancas de un corral
de cerdos negros y mareados
colesterol, estiércol, llanto
goteras en el techo de paja.
Yo llovería, si pudiera
con tanto grito y tanto golpe
goteando como un café pasado
sobre cemento y fuego.

jueves, 28 de febrero de 2008

Sonidos del más allá


Eran las diez de la noche y regresaba a la antigua casa de mi abuela en Breña después de haber pasado horas escuchando a un profesor en San Marcos que, a modo de martilleo incesante, nos repetía: la democracia es dialécticamente igual a la dictadura. Los nacionalismos inspiran esos arrebatos vengativos fortalecidos por aquella venenosa letra de la historia sujeta a fines totalmente personalistas. Yo lo escuchaba con cierta resignación académica y, por qué no decirlo, con la manía compulsiva de mirar el reloj cada diez segundos y pensar: a qué hora se calla este señor. Estoy de acuerdo, no creo en la democracia y menos en la dictadura, pero la voz del señor era insoportable.



El arma del proletariado es el conocimiento científico del marxismo-leninismo-maoísmo, lo demás es pura mierda capitalista. Su discurso me sonaba bastante conocido, como si en otras épocas, tal vez cuando era un primate y vivía mucho más civilizadamente, me hubiera topado con tremenda afirmación dictada fervientemente por otro sujeto como aquel profesor de mirada extraviada y a la vez iluminada en el salón amplio y verde de la Facultad de Derecho y Ciencia Política. Aquel sonido que formaban sus palabras juntas me daba la idea de estar escuchando a un espectro venido del sótano de la historia. Hubo un momento que, y sin proponérmelo, me quedé colgado mirando la ventana.


Afuera había una hermosa chica de cabellos crespos con una figura de éxtasis comprando, al parecer, unas separatas. La voz del profesor iba apagándose de a pocos por efecto de mi concentración tan morbosamente intensificada que iba escurriéndose entre aquellas curvas del delirio para terminar en sus delicadas manos que recibían las dichosas y anhelantes separatas. Su caminada era sensacional. Tenía ese andar típico de las pequeñas diosas en el Jardín de Eros cogiendo algún fruto para enamorar a cualquiera. Quién será esta chica, no debe ser de aquí, pensaba. Cuando en eso la voz del profesor se levantó como enardecida por algún afán de querer subrayar algo importante y, cuando miré su barbada y alucinada cara, me di cuenta que su dedo inquisidor me señalaba y dijo: a ver señor, haga un resumen de lo que he dicho en clase. Entonces cogí mis cosas, me levanté y respondí: pura mierda señor.


Me fui dejando un mar de risas que desembocaron en un qué cague de risa ese compare. Salí en busca de la pequeña diosa. No logré encontrarla en ninguna parte. Al parecer, y es casi noventa por ciento probable, no era de mi facultad por dos razones que saltan inmediatamente a la vista: era muy hermosa y porque en mi facultad no existen esos prototipos. En realidad es por una sola razón, pero quise plantear que eran dos para dejar bien en claro que en mi facultad la belleza no es precisamente lo que más pulula. Fui al kiosco de la innombrable y eterna señora de sonrisa amable. Digo innombrable porque nunca supe cual era su nombre. Compré un cigarrillo y un café bien negro. En aquellas épocas tenía la infame costumbre de fumar y beber café con cierta aspiración suicida.


Caminé por la rampa, di la vuelta en U y me encuentro con la pequeña diosa que iba subiendo la rampa. Me quedé observándola sin darme cuenta que el cigarrillo estaba casi totalmente hundido en mi café. La dulzura de su rostro me dejó helado, casi sin respiración, impregnado en su existencia de ángel que andaba impunemente dejando ese aroma encantado que desarrollaba el inevitable efecto de soñar, de fantasear, de querer arrebatarle un beso siquiera y luego morir de ser preciso. La seguí unos pasos con cautela para que no se de cuenta de mi enfermizo anhelo de solitario imposible. Hasta que entró a uno de los salones y cerro la puerta. Me quedé esperando hasta que termine su clase. Me senté en la banquita de madera que se encontraba justo al frente de su encantado salón y seguí leyendo mi novela. Recuerdo que estaba leyendo en ese entonces El amor en los tiempos del cólera, del increíble Gabo, sin saber que años más tarde la iba a ver en el cine y darme con la sorpresa que, aunque el film estuvo bueno, ya la hermosa novela de amor escrita por un convencido socialista terminaría siendo parte del repertorio Hollywodense. Devoraba las páginas con locura. Quiero aprender a tocar el violín, me dije.


Entonces la puerta del salón se abrió. Empezaron a salir los estudiantes, uno tras otro, uno tras otro, pero no salía la pequeña diosa. Hasta que el salón se quedó vacío y ni rastros de ella. Entonces vi mi reloj y ya eran cerca de las diez de la noche. Algo andaba mal sin duda. Mientras caminaba al paradero pensaba en las N posibilidades que me llevaron a ese rotundo fracaso. Tomé la combi con mi mano bien abierta y el cobrador me dijo: ya sube nomás chino, pero anda al fondo. La combi era una discoteca móvil. Las luces parpadeantes y de colores, el regetón a todo volumen y la apariencia del cobrador daban como resultado nuestra jodida ciudad. Baja Chávez… chaes baan tsss, pié derecho chino tsss, vaos tsss...


La discoteca móvil siguió su rumbo. Caminé la interminable calle fantasmal de Chávez mirando a todos lados, no por el miedo de que me robaran, sino con el anhelo de ver a alguien y no seguir sintiendo esa impresión de que alguien invisible me seguía los pasos muy de cerca justo detrás mió. Al fin llegué a la casa de mi abuela. Yo pasaba las noches solitario en dicha casa fantasmagórica de techo alto que, en alguna ocasión, se habían sentido gritos y pasos por el corredor que, no precisamente, habían sido sonidos reales, sino del más allá.


Me dispuse a ver un poco de televisión mientras cenaba lo que restaba en la olla. Pasaba de canal en canal sin decidirme que específicamente quería ver. Apagué la televisión apenas me vinieron las primeras cabeceadas fruto de la fatigada jornada que tuve aquella vez. No me acostumbraba a dormir con las luces apagadas ya que, aunque suene algo vergonzoso, le tenía miedo a la oscuridad, pero ojo, a la oscuridad de esa casa solamente. Así que fui a la cama. Hacía mucho frío, recuerdo. Ese agosto fue el más friolento de toda mi vida. Antes de quedarme completamente dormido, recuerdo, que pensaba en el rostro de aquella chica enigmática que vi en la facultad. Hasta que sonó el teléfono. ¿Quién podría ser si eran las tres de la mañana? Me levanté para contestar, pero el teléfono dejó de sonar. Cuando de pronto, por el pasadizo, el sonido de unos pasos llegando al umbral de la puerta que daba para el cuarto donde yo estaba se escuchaban cada vez más cerca. No sabía que hacer, me encontraba como preso en la cárcel imaginada por la presencia de aquel espectro que ya casi llegaba a la puerta. Yo grité un par de lisuras, y, al instante, aquellos pasos se detuvieron. No sabía si estaban cerca o si se habían desaparecido, o si todo ello era fruto de mi imaginación. Pero unos golpes fuertes en el techo me volvieron a esa inexplicable dimensión de los fantasmas a la hora de las brujas. Salí corriendo por el pasadizo sin importarme si veía algo extraño. Llegué a la puerta principal de la casa: puta madre, esta cerrada con llave. Me metí a la sala, cerré la puerta de madera apolillada, pero los golpes y los pasos seguían persistentes en su percusión de tormento. Pasaron casi dos horas, y los golpes y los pasos seguían allí, justo detrás de la puerta de madera apolillada.


Nunca había anhelado tanto la llegada de la mañana y su canto de gallo somnoliento, el sonido virgen de las aves matinales en aquellos árboles solitarios erigidos la misma cantidad de años que la cantidad de recuerdos escritos en su corazón sereno, pero la noche seguía persistente en la extensión de mis mayores miedos en aquella casa inmemorial de la abuela. Todo parecía estático, el reloj avanzaba lentamente como burlándose de mi temor y los murciélagos volaban por el techo gritando desesperadamente. Para esto yo había prendido la luz, el televisor, la radio, absolutamente todo aquello que emita algún tipo de sonido, porque hasta el fluorescente impartía un sonido de zancudo interminable. Sin darme cuenta me quedé dormido en la mesa. Cuando desperté tuve que apagar todo lo que había dejado prendido. Eran las siete de la mañana y las aves matinales le cantaban al alba legañosa de nuestro cielo limeño. Un día más de agosto, un día más de frío y soledad. Tenía clases en la universidad a las ocho de la mañana, así que salí cueteado.


Aun somnoliento, con las ideas borrosas por la mala noche y con el cuerpo al ritmo aún de mis temores, tenía ganas de ir a escuchar aquella clase. Cuando entré a la clase me di con la sorpresa que, justo delante, en una de las primeras carpetas, se encontraba la pequeña diosa observando al profesor con la ávida mirada de querer aprender todo el conocimiento existente en el mundo, a diferencia de mí que todo lo que quería en el mundo era el nombre de ese ser encantador. Me senté a dos carpetas de ella, y empezaba a mirarla: ojos negros, cabellos crespos, expresión dulce, delgada, sí, era ella, definitivamente. Cuando terminó la clase me dispuse a preguntarle su nombre, qué tal le había parecido la clase, qué opinaba de la democracia representativa, qué le parecía la tesis weberianas en cuanto a la organización pública, qué haría más tarde, si le gustaba el cine, etc. Entonces me acerqué convencido, con las palabras precisas en la mente y las manos controladas para que no se me note el nerviosismo. Cuando estuve muy cerca de ella, ella me dijo: yo te conozco. Cómo dices, le respondí. Perdí la concentración, las palabras memorizadas se me olvidaron de repente y mis manos empezaron a temblar. Ella me seguía hablando: sí, tú eres el chico del 248, te vi una vez cuando expusiste en la clase de Ñique. Yo me quedé perplejo, ya que nunca había llevado un curso con Ñique, pero le respondí: también llevas con Ñique, que tal si tomamos un café. Ella aceptó, y me olvidé de los fantasmas. Luego, como era obvio, se dio cuenta que no era yo aquel muchacho de la brillante exposición en la clase de Ñique, pero le gustó más mi apariencia a desinterés. Además, como le dije, en una clase con Ñique, cualquier improvisado aprendiz de los manuales es brillante. Yo, aquel día, la pasé muy bien con la pequeña diosa y le conté mi historia con los fantasmas. Ella, por cierto, se enamoró de mí.